LA CAÍDA
1956
VIRGILIO PIÑERA
(cubano)
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| Virgilio Piñera |
Habíamos escalado la montaña de tres mil pies de altura. No
para enterrar en su cima la botella ni tampoco para plantar
la bandera de los alpinistas denodados. Pasados unos minutos comenzamos el descenso. Como es costumbre en estos
casos, mi compañero me seguía atado a la misma cuerda
que rodeaba mi cintura. Yo había contado exactamente treinta metros
de descenso cuando mi compañero, pegando con su zapato armado de
púas metálicas un rebote a una piedra, perdió el equilibrio y, dando una
voltereta, vino a quedar situado delante de mí. De modo que la cuerda,
enredada entre mis dos piernas, tiraba con bastante violencia obligándome, a fin de no rodar al abismo, a encorvar las espaldas.Él, a su vez,
tomó impulso y movió su cuerpo en dirección al terreno que yo, a mi
vez, dejaba a mis espaldas.
Su resolución no era descabellada o absurda;
antes bien, respondía a un profundo conocimiento de esas situaciones
que todavía no están anotadas en los manuales. El ardor puesto en el
movimiento fue causa de una ligera alteración: de pronto advertí que
mi compañero pasaba como un bólido por entre mis dos piernas y, acto
seguido, el tirón dado por la cuerda, amarrada como he dicho a su espalda, me volvía de espaldas a mi primitiva posición de descenso. Por
su parte, él, obedeciendo sin duda a iguales leyes físicas que yo, una vez
recorrida la distancia que la cuerda le permitía, fue vuelto de espaldas
a la dirección seguida por su cuerpo lo que, lógicamente, nos hizo encontrarnos frente a frente. No nos dijimos palabra, pero sabíamos que el
despeñamiento sería inevitable. En efecto, pasado un tiempo indefinible, comenzamos a rodar. Como mi única preocupación era no perder los
ojos, puse todo mi empeño en preservarlos de los terribles efectos de la
caída. En cuanto a mi compañero, su única angustia era que su hermosa
barba, de un gris admirable de vitral gótico, no llegase a la llanura, ni
siquiera ligeramente empolvada. Entonces yo puse todo mi empeño en
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cubrir con mis manos aquella parte de su cara cubierta por su barba; y
él, a su vez, aplicó la suyas a mis ojos. La velocidad crecía por momentos,
como es obligado en estos casos de los cuerpos que caen al vacío. De pronto miré a través del ligerísimo intersticio que dejaban los dedos de mi
compañero y advertí que en ese momento un afilado picacho le llevaba
la cabeza, pero de pronto hube de volver la mía para comprobar que mis
piernas quedaban separadas de mi tronco a causa de una roca, de origen
posiblemente calcáreo, cuya forma dentada cercenaba lo que se ponía a
su alcance con la misma perfección de una sierra para planchas de transatlánticos. Con algún esfuerzo, justo es reconocerlo, íbamos salvando,
mi compañero su hermosa barba, y yo mis ojos. Es verdad que a trechos,
que yo liberalmente calculo de unos cincuenta pies, una parte de nuestro
cuerpo se separaba de nosotros; por ejemplo, en cinco trechos perdimos:
mi compañero, la oreja izquierda, el codo derecho, una pierna (no recuerdo cuál), los testículos y la nariz; yo, por mi parte, la parte superior del
tórax, la columna vertebral, la ceja izquierda, la oreja izquierda y la yugular. Pero no es nada en comparación con lo que vino después. Calculo
que a mil pies de la llanura, ya solo nos quedaba, respectivamente, lo
que sigue: a mi compañero, las dos manos (pero solo hasta su carpo) y su
hermosa barba gris; a mí, las dos manos (igualmente solo hasta su carpo) y los ojos. Una ligera angustia comenzó a poseernos. ¿Y si nuestras
manos eran arrancadas por algún pedrusco? Seguimos descendiendo.
Aproximadamente a unos diez pies de la llanura la pértiga abandonada
de un labrador enganchó graciosamente las manos de mi compañero,
pero yo, viendo a mis ojos huérfanos de todo amparo, debo confesar que
para eterna, memorable vergüenza mía, retiré mis manos de su hermosa
barba gris a fin de protegerlos de todo impacto. No pude cubrirlos, pues
otra pértiga, colocada en sentido contrario a la ya mencionada, enganchó
igualmente mis dos manos, razón por la cual quedamos por primera vez
alejados uno del otro en todo el descenso. Pero no pude hacer lamentaciones, pues ya mis ojos llegaban sanos y salvos al césped de la llanura
y podían ver, un poco más allá, la hermosa barba gris de mi compañero
que resplandecía en toda su gloria.
ACTIVIDADES:
1. Ante la inminente muerte tras la caída de los dos personajes, la narración se concentra en
la preocupación de ambos por salvar ciertas partes de su cuerpo. ¿Por qué consideras
que sucede esta reacción?
2. En el recorrido de la caída, mientras los personajes están salvaguardando sus partes
preferidas del cuerpo, se describe lo que van perdiendo de una manera sangrienta. ¿Qué
sensación te produce la contradicción entre la descripción de la caída y la actitud de los
escaladores?
3. Ante el empeoramiento de la catastrófica caída, los escaladores dejan de cuidarse y
piensan en sí mismos, cuidando sus propios ojos y barba, respectivamente. Esta actitud
ironiza aún más su reacción inicial ante su tragedia. Como ves, la muerte se aborda con
mucha ironía en el cuento leído. ¿Qué mensaje busca transmitir el autor?
4. Imagina que eres uno de los difuntos de estos textos. Puedes escoger ser el que está en
el ataúd del cuento «Quien acaba de morir» o Cunce Maille de «Ushanan-jampi» o Ramón
Sijé de «Elegía» o, por último, Pedro Rojas.
Ahora relee el texto elegido. Luego, imagina que ya muerto puedes escribir una carta.
Si has escogido «Quien acaba de morir», escríbele una carta al que narra el cuento; si
has escogido ser Cunce Maille, escríbele una carta a José Facundo; si has escogido ser
Ramón Sijé, escríbele a Miguel Hernández; y, por último, si has escogido ser Pedro Rojas,
escríbele al pueblo español. En la carta, puedes contar cómo te sientes, cómo y para qué
quisieras regresar, qué sentimientos te atormentan o te hacen feliz.
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