jueves, 15 de abril de 2021

Lectura 3

 LA CAÍDA 

1956 

VIRGILIO PIÑERA 

(cubano) 

Virgilio Piñera
Habíamos escalado la montaña de tres mil pies de altura. No para enterrar en su cima la botella ni tampoco para plantar la bandera de los alpinistas denodados. Pasados unos minutos comenzamos el descenso. Como es costumbre en estos casos, mi compañero me seguía atado a la misma cuerda que rodeaba mi cintura. Yo había contado exactamente treinta metros de descenso cuando mi compañero, pegando con su zapato armado de púas metálicas un rebote a una piedra, perdió el equilibrio y, dando una voltereta, vino a quedar situado delante de mí. De modo que la cuerda, enredada entre mis dos piernas, tiraba con bastante violencia obligándome, a fin de no rodar al abismo, a encorvar las espaldas.Él, a su vez, tomó impulso y movió su cuerpo en dirección al terreno que yo, a mi vez, dejaba a mis espaldas. 
Su resolución no era descabellada o absurda; antes bien, respondía a un profundo conocimiento de esas situaciones que todavía no están anotadas en los manuales. El ardor puesto en el movimiento fue causa de una ligera alteración: de pronto advertí que mi compañero pasaba como un bólido por entre mis dos piernas y, acto seguido, el tirón dado por la cuerda, amarrada como he dicho a su espalda, me volvía de espaldas a mi primitiva posición de descenso. Por su parte, él, obedeciendo sin duda a iguales leyes físicas que yo, una vez recorrida la distancia que la cuerda le permitía, fue vuelto de espaldas a la dirección seguida por su cuerpo lo que, lógicamente, nos hizo encontrarnos frente a frente. No nos dijimos palabra, pero sabíamos que el despeñamiento sería inevitable. En efecto, pasado un tiempo indefinible, comenzamos a rodar. Como mi única preocupación era no perder los ojos, puse todo mi empeño en preservarlos de los terribles efectos de la caída. En cuanto a mi compañero, su única angustia era que su hermosa barba, de un gris admirable de vitral gótico, no llegase a la llanura, ni siquiera ligeramente empolvada. Entonces yo puse todo mi empeño en Antologias 4to 22AGO.indd 34 22/08/18 11:08 35 cubrir con mis manos aquella parte de su cara cubierta por su barba; y él, a su vez, aplicó la suyas a mis ojos. La velocidad crecía por momentos, como es obligado en estos casos de los cuerpos que caen al vacío. De pronto miré a través del ligerísimo intersticio que dejaban los dedos de mi compañero y advertí que en ese momento un afilado picacho le llevaba la cabeza, pero de pronto hube de volver la mía para comprobar que mis piernas quedaban separadas de mi tronco a causa de una roca, de origen posiblemente calcáreo, cuya forma dentada cercenaba lo que se ponía a su alcance con la misma perfección de una sierra para planchas de transatlánticos. Con algún esfuerzo, justo es reconocerlo, íbamos salvando, mi compañero su hermosa barba, y yo mis ojos. Es verdad que a trechos, que yo liberalmente calculo de unos cincuenta pies, una parte de nuestro cuerpo se separaba de nosotros; por ejemplo, en cinco trechos perdimos: mi compañero, la oreja izquierda, el codo derecho, una pierna (no recuerdo cuál), los testículos y la nariz; yo, por mi parte, la parte superior del tórax, la columna vertebral, la ceja izquierda, la oreja izquierda y la yugular. Pero no es nada en comparación con lo que vino después. Calculo que a mil pies de la llanura, ya solo nos quedaba, respectivamente, lo que sigue: a mi compañero, las dos manos (pero solo hasta su carpo) y su hermosa barba gris; a mí, las dos manos (igualmente solo hasta su carpo) y los ojos. Una ligera angustia comenzó a poseernos. ¿Y si nuestras manos eran arrancadas por algún pedrusco? Seguimos descendiendo. Aproximadamente a unos diez pies de la llanura la pértiga abandonada de un labrador enganchó graciosamente las manos de mi compañero, pero yo, viendo a mis ojos huérfanos de todo amparo, debo confesar que para eterna, memorable vergüenza mía, retiré mis manos de su hermosa barba gris a fin de protegerlos de todo impacto. No pude cubrirlos, pues otra pértiga, colocada en sentido contrario a la ya mencionada, enganchó igualmente mis dos manos, razón por la cual quedamos por primera vez alejados uno del otro en todo el descenso. Pero no pude hacer lamentaciones, pues ya mis ojos llegaban sanos y salvos al césped de la llanura y podían ver, un poco más allá, la hermosa barba gris de mi compañero que resplandecía en toda su gloria.

ACTIVIDADES:

1. Ante la inminente muerte tras la caída de los dos personajes, la narración se concentra en la preocupación de ambos por salvar ciertas partes de su cuerpo. ¿Por qué consideras que sucede esta reacción? 

2. En el recorrido de la caída, mientras los personajes están salvaguardando sus partes preferidas del cuerpo, se describe lo que van perdiendo de una manera sangrienta. ¿Qué sensación te produce la contradicción entre la descripción de la caída y la actitud de los escaladores? 

3. Ante el empeoramiento de la catastrófica caída, los escaladores dejan de cuidarse y piensan en sí mismos, cuidando sus propios ojos y barba, respectivamente. Esta actitud ironiza aún más su reacción inicial ante su tragedia. Como ves, la muerte se aborda con mucha ironía en el cuento leído. ¿Qué mensaje busca transmitir el autor?

4. Imagina que eres uno de los difuntos de estos textos. Puedes escoger ser el que está en el ataúd del cuento «Quien acaba de morir» o Cunce Maille de «Ushanan-jampi» o Ramón Sijé de «Elegía» o, por último, Pedro Rojas. Ahora relee el texto elegido. Luego, imagina que ya muerto puedes escribir una carta. Si has escogido «Quien acaba de morir», escríbele una carta al que narra el cuento; si has escogido ser Cunce Maille, escríbele una carta a José Facundo; si has escogido ser Ramón Sijé, escríbele a Miguel Hernández; y, por último, si has escogido ser Pedro Rojas, escríbele al pueblo español. En la carta, puedes contar cómo te sientes, cómo y para qué quisieras regresar, qué sentimientos te atormentan o te hacen feliz.

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