UNA SALITA CERCA DE LA CALLE EDGWARE
1947
GRAHAM GREENE
(inglés)
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| Graham Greene |
Bajo la suave llovizna estival, Craven pasó junto a la estatua de Aquiles. Acababan de encender las luces, pero ya los coches se apiñaban en dirección de Marbel Arch, y sus angulosos y calculadores rostros judíos se asomaban a la calle, dispuestos a pasar un buen rato con cualquier cosa que les saliera al paso. Amargamente, Craven pasaba a su lado, con el cuello del impermeable cerrado hasta la garganta; era uno de sus días malos.
Durante todo el trayecto a través del parque se vio obligado a recordar que el amor existía; pero el amor exigía dinero. Un pobre debía conformarse con el placer físico. El amor exigía un buen traje, un coche, un departamento en alguna parte, o un buen hotel. Exigía que lo envolvieran en celofán. Todo el tiempo tenía conciencia de su raída corbata bajo el impermeable, y de sus mangas gastadas; iba con su cuerpo como con alguien a quien odiara (solía tener momentos de felicidad en el salón de lectura del British Museum, pero el cuerpo lo llamaba a la realidad). Sus únicos sentimientos eran algunos recuerdos de feos actos cometidos en los bancos de las plazas. Para la mayoría de la gente, el cuerpo moría demasiado pronto; pero ese no era el inconveniente para Craven, de ningún modo. El cuerpo seguía viviendo; a través de la brillante y metálica lluvia, de paso hacia alguna tribuna, cruzó un hombrecito de negro con una bandera: «El cuerpo renacerá del polvo». Recordó un sueño; un sueño del cual ya había despertado tres veces temblando: estaba solo en el enorme, oscuro y cavernoso cementerio del mundo; el globo terrestre era un panal de muertos, y en el sueño descubría que el cuerpo no se destruye. No hay gusanos ni disolución. Debajo de la superficie, el mundo está repleto de masas de carne muerta preparada para volver a levantarse con sus verrugas, sus forúnculos y sus erupciones. Después, permanecía tendido en su lecho, recordando —como «anuncios de gran alegría»— que, después de todo, el cuerpo se corrompe.
Con rápido paso, tomó por la calle
Edgware; los soldados de la Guardia se paseaban en parejas, como grandes y
alargadas bestias lánguidas; dentro de sus Antologias 4to 22AGO.indd 130
22/08/18 11:09 131 pantalones ajustados, sus cuerpos parecían gusanos. Los
odiaba, y odiaba su odio porque sabía lo que era: envidia. Sabía que cada uno
de ellos tenía un cuerpo mejor que el suyo; la indigestión le consumía el
estómago; estaba seguro de que su aliento era repugnante, pero, ¿a quién podría
preguntárselo? A veces se perfumaba secretamente, aquí y allá; era uno de los
más feos de sus secretos. ¿Por qué le pedía que creyera en la resurrección del
cuerpo que él tanto deseaba olvidar? A veces rezaba, de noche (un dejo de
creencia religiosa se alojaba en su pecho como un gusano en una nuez), para que
por lo menos su cuerpo no resurgiera.
Conocía demasiado bien las calles
laterales que cruzaban la calle Edgware; cuando estaba de mal humor, caminaba
simplemente hasta cansarse, mirando de reojo su propia imagen en las vidrieras
de Salmon y Gluckstein y del A. B. C. Por eso advirtió de inmediato los
carteles frente al teatro abandonado de la calle Culpar. No eran muy
inusitados, porque a veces la Sociedad Dramática de Barclays Bank alquilaba por
una noche el local; otras veces pasaba alguna oscura película con fines
comerciales. El teatro había sido construido en 1920 por un optimista que pensó
que la baratura del terreno compensaría de sobra la desventaja de que estuviera
situado a una milla de distancia de la zona de los teatros. Pero ninguna obra
tuvo éxito en él, y pronto el local quedó abandonado, llenándose poco a poco de
nidos de ratas y telarañas. El forro de los asientos no fue nunca renovado; y
la única vida del lugar consistía en la temporaria y falsa agitación de alguna
obra de aficionados, o de alguna función de beneficencia.
Craven se detuvo y leyó; parecía que
todavía había optimistas en 1939, porque solo el más ciego optimista podía
alimentar la esperanza de ganar dinero en ese lugar convirtiéndolo en «El hogar
del cine mudo». Se anunciaba la primera temporada de «primitivos» (una expresión
snob1 ); no habría nunca una segunda. Bueno, la entrada era barata, y ya que
estaba cansado, quizá valiera un chelín meterse en cualquier parte para salir
de la lluvia. Craven compró una entrada, y se sumergió en las tinieblas de la
platea.
En la profunda oscuridad, un piano
tintineaba algo que monótonamente recordaba a Mendelssohn; Craven se sentó en
un asiento lateral, e inmediatamente tuvo conciencia del vacío que lo rodeaba.
No, no habría una segunda temporada. En la pantalla, una mujer voluminosa con
una especie de toga se retorcía las manos, y luego se dirigía hacia un diván,
bamboleándose con extraños movimientos y sacudidas. Allí se sentó, y se quedó
mirando desesperadamente hacia delante, como un perro ovejero, a través de su
pelo, suelto, oscuro y acordonado. A veces parecía disolverse definitivamente
en puntos, lucecitas y líneas onduladas. Un subtítulo decía: «Pompilia
traicionada por su amante Augusto trata de poner fin a sus desdichas».
Por fin Craven comenzó a ver un
confuso desierto de plateas. No había más de veinte personas en el local; unas
cuantas parejas que murmuraban con las cabezas juntas, y unos cuantos hombres
solitarios que llevaban como él el mismo uniforme impermeable barato. Estaban
diseminados a intervalos, como cadáveres; y nuevamente volvió la obsesión de
Craven, el dolor de muelas del terror. Pensó angustiado: «Estoy enloqueciendo;
los demás no sienten estas cosas». Hasta un teatro abandonado le recordaba esas
interminables cavernas donde los cadáveres esperan la resurrección.
«Esclavo de la pasión, Augusto pide
más vino».
Un obeso y maduro actor teutón yacía
sobre un codo en un diván, abrazado a una vasta mujer. La Canción de primavera
tintineaba ineptamente, y la pantalla fluctuaba como una indigestión. Alguien
se acercó tanteando en la oscuridad, tropezando con las rodillas de Craven; era
un hombre bajo. Craven experimentó la desagradable sensación de una larga barba
que le acariciaba la boca. Luego oyó un profundo suspiro, mientras el recién
llegado se ubicaba en el asiento contiguo; en la pantalla los acontecimientos
habían adelantado con tal rapidez que Pompilia ya se había matado con un puñal
—por lo menos, eso supuso Craven— y yacía inmóvil y opulenta entre sus
lacrimosas esclavas.
Una voz fatigada y baja suspiró cerca de la
oreja de Craven:
—¿Qué pasó? ¿Está durmiendo?
—No. Está muerta.
—¿Asesinada? —preguntó la voz, con
intenso interés.
—No creo. Se suicidó.
Nadie chistó; nadie estaba tan
interesado como para reprochar una conversación; los espectadores yacían en sus
diversos asientos en actitudes de cansada distracción.
La película no terminaba allí; había que
considerar todavía ciertas criaturas; ¿continuaría todo en la segunda
generación? Pero el hombrecito barbudo sentado junto a Craven solo parecía
interesarse en la muerte de Pompilia. El hecho de haber entrado en ese momento
parecía fascinarlo. Craven oyó dos veces la palabra «coincidencia»; el viejo
siguió hablando solo, con voz baja y anhelante. «Pensándolo bien, ¡qué
absurdo!», y luego: «nada de sangre». Craven no escuchaba; seguía sentado con
las manos apretadas entre las rodillas, analizando el hecho que tantas veces
había considerado: que corría el riesgo de volverse loco. Tenía que hacer un
esfuerzo, tomarse unas vacaciones, ver un médico (Dios sabía qué infección
corría por sus venas). Advirtió que su vecino le hablaba.
—¿Qué? —le preguntó impaciente—.
¿Qué decía?
—Que usted no puede imaginarse la cantidad de
sangre que habría.
—¿A qué se refiere?
Cuando el hombre le hablaba, lo
rociaba con su aliento húmedo. Había en su voz una pequeña burbuja, algo como
un impedimento.
—Cuando uno mata a un hombre… —dijo.
—Esta era una mujer —dijo Craven con
impaciencia.
—Es lo mismo.
—Y esto no tiene nada que ver con un
asesinato, por otra parte.
—No importa.
Parecían haberse internado en una
absurda e insensata disputa, en la oscuridad.
—Yo sé, ¿sabe? —dijo el barbudo con
un tono de enorme orgullo.
—¿Sabe qué?
—Cómo son esas cosas —dijo con
cautelosa ambigüedad.
Craven se volvió y trató de verlo más
claramente. ¿Estaría loco? ¿Sería esto un anuncio de lo que podía ocurrirle a
él? ¿Algún día se dedicaría a murmurar palabras incomprensibles a los
desconocidos en los cinematógrafos? Mientras trataba de seguir la película,
pensó: «No, por Dios; no me volveré loco todavía. No me volveré loco nunca». No
podía distinguir nada, excepto la mancha negra del cuerpo de su vecino, como
una bolsa. El hombre había empezado nuevamente a hablar consigo mismo. Decía:
«Charla, tanta charla. Dirán que fue por las cincuenta libras. Pero es mentira.
Hay motivos y motivos. Siempre se conforman con el primer motivo. No buscan
nunca más allá. Treinta años de motivos. Son tan simples», agregó finalmente
con el mismo tono de anhelante ilimitado orgullo. Así que esto era la locura.
Mientras pudiera darse cuenta de ello, sería cuerdo… relativamente hablando. No
tan cuerdo quizá como los judíos del parque o los guardias de la calle Edgware,
pero más cuerdo que esto. Era como un mensaje de estímulo, mientras el piano
seguía tintineando.
Luego el hombrecito se volvió hacia
él y nuevamente lo roció: «¿Se mató, dice usted? Pero, ¿quién puede saberlo? No
basta saber qué mano sostenía el cuchillo». Repentina y confiadamente apoyó su
mano sobre la de Craven; una mano húmeda y pegajosa. Al comprender el posible
significado de sus palabras, Craven dijo horrorizado:
—¿De qué está usted hablando?
—Yo sé —insistió el hombrecito—. Un
hombre en mi posición llega a saber casi todo.
—¿Cuál es su posición? —dijo Craven,
sintiendo sobre la suya la mano pegajosa; quizá se estaba portando como un
histérico; después de todo, había decenas de explicaciones; podía ser
alquitrán.
—Una posición que a usted le
parecería bastante desesperada.
A veces, la voz se ahogaba
completamente en la garganta. Algo incomprensible había ocurrido en la
pantalla; quita uno un momento la mirada de esas películas antiguas, y el
argumento avanza hasta volverse irreconocible. Solo los actores se movían
lentamente y a sacudidas. Una joven en camisón parecía llorar en brazos de un
centurión romano: Craven no había visto antes a ninguno de los dos. «No temo a
la muerte, Lucius, en tus brazos».
El hombrecito comenzó a reírse
burlonamente, con aire de entendido. Otra vez hablaba solo. Hubiera sido fácil
no prestarle ninguna atención, si no hubiera sido por esa mano pegajosa que
ahora se había retirado. Parecía estar tanteando el asiento frente a él. Tenía
la costumbre de dejar caer la cabeza repentinamente hacia un costado, como un
retardado. Dijo clara e insólitamente: «La tragedia de Bayswater».
—¿Qué es eso? —preguntó con sequedad
Craven. Había visto esas palabras en un diario, antes de cruzar el parque.
—¿Qué?
—Eso de la tragedia.
—Pensar que a Cullen Mews lo llaman
Bayswater.
De pronto, el hombrecito comenzó a
toser, volviendo la cara hacia Craven y tosiéndole encima; parecía una
venganza. Luego dijo con voz cascada:
—¿Dónde está? Mi paraguas.
Se levantó del asiento.
—Usted no tenía paraguas.
—Mi paraguas —repitió—. Mi… —y
pareció perder definitivamente la palabra. Salió tropezando con las rodillas de
Craven.
Craven lo dejó salir, pero antes de
que tuviera tiempo de llegar hasta las ondulantes y polvorientas cortinas de la
salida, la pantalla apareció vacía e iluminada; la película se había cortado, y
alguien encendió inmediatamente una araña cubierta de tierra, que pendía en
medio de la sala. La luz era suficiente para que Craven pudiera ver las manchas
de sus manos. Esto no era histeria; esto era un hecho. No estaba loco; había
estado sentado al lado de un loco que en algún lugar… ¿cómo se llamaba, Colon,
Collin…? Craven se levantó de un salto y salió; la cortina negra le golpeó la
cara. Pero ya era demasiado tarde; el hombre se había ido, y tenía tres
esquinas para elegir. Eligió en cambio una casilla telefónica y marcó, con una
sensación curiosa de cordura y decisión, el 999.
No tardó más de dos minutos en dar
con la sección que buscaba. Se mostraron interesados y muy atentos. Sí había
habido un crimen en Cullen Mews. Habían degollado a un hombre de oreja a oreja
con un cuchillo de cortar pan; un crimen horrible. Craven empezó a decirles que
había estado sentado al lado del asesino en un cinematógrafo; no podía ser otra
persona; todavía tenía las manos manchadas de sangre; y mientras hablaba,
recordó con repugnancia la barba húmeda. Pero la voz de Scotland Yard lo
interrumpió.
—¡Oh, no! —decía—, tenemos al
asesino… de eso no cabe duda ninguna. Es el cadáver lo que ha desaparecido.
Craven colgó el receptor. Se dijo en voz alta: «¿Por qué tenía que sucederme
esto a mí? ¿Por qué a mí?». Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la
escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban
las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.
«Fue un sueño», se dijo, y al
apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara
rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó
a gritar.
—No quiero volverme loco. No quiero
volverme loco. Estoy en mis cabales.
No quiero volverme loco.
Una pequeña multitud empezó a reunirse, y pronto acudió un policía.
ACTIVIDADES:
1. En este cuento, se aprecia la vida decadente de Craven. Fundamenta con dos ejemplos esta afirmación.
2. Observa en el texto leído al narrador omnisciente. Explica por qué es mejor ese tipo de narrador para transmitir la vida miserable del protagonista.
3. El cuento se desarrolla en un cine y relata un crimen en un lugar oscuro. ¿Crees que el cuento hubiera tenido el mismo efecto en el lector de haber sido situado en un escenario muy iluminado y en espacios abiertos? Justifica tu respuesta con ejemplos del cuento.
4. ¿Cómo crees que es la vida diaria de Craven? ¿Qué le aporta a su vida cotidiana el evento del cine?

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